Roger Subirana

viernes, 4 de julio de 2014

CARTA A LOLA

Querida Lola:

Han pasado ya unos días desde que te tuve que llevar al veterinario para que acabara con la agonía de tu linfoma. Recuerdo como si fuera hace un minuto tu última respiración, como te fuiste al cielo, porque un perro no puede ir a otro sitio, con los ojos abiertos mirándome, en tu cunita, porque no queríamos que te fueras en una fría y aséptica mesa.

No puedo quitarme el sentimiento de culpa de haber tomado la decisión de tu eutanasia, de haberte robado unos días, unas horas, quien sabe si unos minutos de tu vida, por mi egoísmo de no verte sufrir, y pienso que este sentimiento me acompañará siempre. Aún nos dimos aquella mañana un pequeño paseo, te llevé en brazos y luego caminaste un poco por uno de los rinconcitos que a ti te gustaban, oliéndolo todo y mirando al cielo, absorbiendo los últimos recuerdos de tu vida porque sabías que no te quedaba mucho.

Parece mentira que un animalito pequeño como tú llenara tanto la casa, tu olor, tu presencia siempre acompañándonos en todo, tus patitas sobre el parquet... ese momento de llegar a casa y oírte venir a recibirnos, y sobre todo ese conocimiento profundo de nuestro estado de ánimo en cada momento, ese apoyo constante en las situaciones difíciles que hemos pasado.

Mucha gente se burla del cariño y amor que se siente por una mascota, a mi me dan pena porque nunca lo han experimentado y la vida es menos vida si no has tenido a tu lado un ángel.

Te mando esta foto, en la finca, uno de tus sitios favoritos, donde disfrutabas como una loca.

Ruego a Dios que haya una vida después de la muerte, porque se que me estarás esperando.

Te quiero